Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos La habitación era una de esas que, aún en nuestros días, anuncian ciertos porteros octogenarios a los viajeros que visitan los castillos antiguos diciéndoles: «Esta es la habitación de gala en la que durmió Luis XIII». Hermosos tapices, generalmente pardos de color, enmarcados con grandes orlas de madera de nogal cuyas delicadas tallas había ennegrecido el tiempo. En el techo, las viguetas formaban artesones adornados de arabescos en el estilo del siglo anterior, y que conservaban los colores del castaño. Aquellas decoraciones llenas de tintes severos reflejaban tan poco la luz, que era difícil ver sus dibujos, incluso cuando el sol daba de plano en aquella habitación de abolengo, ancha y larga. De modo que la lámpara de plata colocada en la repisa de una amplia chimenea la iluminaba a la sazón tan débilmente, que su tembloroso resplandor podía compararse a esas estrellas nebulosas que, por momentos, atraviesan el velo grisáceo de una noche de otoño. Los monigotes apiñados en el mármol de aquella chimenea situada enfrente de la cama de la condesa ofrecían unas figuras tan grotescamente espantosas que ella no se atrevía a detener en ellas su mirada, temía verlas moverse u oír una risa restallante salir de sus bocas abiertas y contorneadas. En aquel momento rugía una horrible tempestad por aquella chimenea que repetía sus mínimas ráfagas prestándoles un sentido lúgubre, y la anchura de su tubo la ponía de tal modo en comunicación con el cielo que los numerosos tizones del hogar tenían una especie de respiración, brillaban y se apagaban por turno, al albur del viento. El escudo de la familia de Hérouville, esculpido en mármol blanco con todos sus lambrequines y las figuras de sus portadores, prestaba la apariencia de una tumba a aquella especie de edificio que hacía juego con la cama, otro monumento elevado a mayor gloria del himeneo. A un arquitecto moderno[63] le hubiese embarazado notablemente decidir si se había construido la habitación para la cama o la cama para la habitación. Dos amorcillos que jugaban en un cielo de nogal adornado con guirnaldas hubiesen podido pasar por ángeles, y las columnas de la misma madera que sostenían aquella cúpula presentaban unas alegorías mitológicas cuya explicación se encontraba igualmente en la Biblia o en las Metamorfosis de Ovidio[64]. Quiten ustedes la cama, y aquel cielo hubiese coronado igual de bien en una iglesia el púlpito o los bancos de obra[65]. Los esposos subían por tres escalones a aquel suntuoso lecho rodeado de un estrado y decorado con dos cortinas de moaré verde con grandes dibujos brillantes, llamadas gorjeos, quizá porque a los pájaros que representan se les supone el canto. Los pliegues de aquellas inmensas cortinas eran tan rígidos que por la noche se hubiese tomado aquella seda por un tejido de metal. Encima del terciopelo verde, adornado con cenefas de oro, que componía el fondo de aquella cama señorial, la superstición de los condes de Hérouville había colgado un gran crucifijo en el que su capellán colocaba un ramo nuevo de boj bendito al mismo tiempo que renovaba en el día de Pascua Florida el agua de la pila incrustada en la parte de abajo de la cruz.