Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos Como saben los entendidos, la nobleza veneciana es la primera de Europa. Su Libro de oro precedió a las Cruzadas[541], tiempo en el que Venecia, vestigio de la Roma imperial y cristiana que se zambulló en las aguas para escapar de los bárbaros, ya poderosa, ilustre ya, dominaba el mundo político y comercial. Salvo unas cuantas excepciones, esta nobleza hoy día está totalmente arruinada. Entre los gondoleros que conducen a los ingleses, a quienes la Historia muestra allí su futuro[542], se hallan hijos de antiguos dogos cuya estirpe es más añosa que la de los soberanos. En lo alto de un puente por el que pasará la góndola, si van ustedes a Venecia admirarán a una preciosa muchacha mal vestida, pobre niña que acaso pertenecerá a una de las más ilustres estirpes patricias. Cuando un pueblo de reyes se halla en esa situación, necesariamente se tropieza uno en él con caracteres extraños. Nada hay de extraordinario en que broten chispas entre las cenizas. Destinadas a justificar la extraña condición de los personajes que aparecen en acción en esta historia, estas reflexiones no pasarán más adelante, pues no hay cosa más insoportable que las inútiles repeticiones de aquellos que hablan de Venecia después de tantos grandes poetas y tantos insignificantes viajeros. El interés del relato exigía tan solo dejar constancia de la más vivaz oposición de la existencia humana: esa grandeza y esa miseria que allí se ven, tanto en ciertos hombres como en la mayoría de las viviendas. Los nobles de Venecia y los de Génova, como antaño los de Polonia, no tomaban títulos. Al más alto orgullo le bastaba llamarse Quirini, Doria, Brignole, Morosini, Sauli, Mocenigo, Fieschi (Fiesque), Cornaro o Spinola[543]. Todo se corrompe, algunas familias hoy día ostentan título. No obstante, en los tiempos en los que los nobles de las repúblicas aristocráticas eran iguales, existía en Génova un título de príncipe para la familia Doria, que poseía Amalfi[544] con total soberanía, y un título similar en Venecia, legitimado por una antigua posesión de los Facino Cane[545], príncipes de Varese. Los Grimaldi[546], que se convirtieron en soberanos, se apoderaron de Mónaco mucho más tarde. El último de los Cane de la rama de más edad desapareció de Venecia treinta años antes de la caída de la República[547], condenado por delitos más o menos criminales[548]. Aquellos a los que correspondía ese principado nominal, los Cane Memmi[549], cayeron en la indigencia durante el fatal periodo de 1796 a 1814[550]. En el vigésimo año de aquel siglo, ya solo estaban representados por un joven, de nombre Emilio[551], y por un palacio que pasa por ser uno de los más hermosos ornamentos del Canale Grande[552]. Aquel hijo de la hermosa Venecia tenía por toda fortuna aquel palacio inútil y mil quinientas libras de renta procedentes de una casa de campo situada a orillas del Brenta[553], el último bien de los que antaño poseyó su familia en Tierra Firme[554], y vendida al Gobierno austriaco. Esa renta vitalicia le ahorraba al guapo Emilio la vergüenza de recibir, como muchos nobles, el subsidio de veinte sueldos al día debido a todos los patricios indigentes, estipulado en el tratado de cesión a Austria[555].