Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos Al principio de la estación de invierno, este joven señor estaba aún en un lugar campestre situado al pie de los Alpes Tiroleses, y comprado en la última primavera por la duquesa Cataneo[556]. La casa construida por Palladio[557] para los Tiepolo[558] consiste en un pabellón cuadrado del más puro estilo. Es una escalera grandiosa, pórticos de mármol en todas las caras, peristilos con bóvedas cubiertas de frescos y aligeradas por el ultramar del cielo en el que vuelan deliciosas figuras, ornamentaciones carnosas de ejecución, pero tan bien proporcionadas que el edificio las lleva como lleva una mujer el peinado, con una facilidad que alegra la vista; esa donairosa nobleza, en fin, que distingue en Venecia a las procuradurías de la piazzetta[559]. Unos estucos admirablemente dibujados mantienen en las habitaciones un frío que hace amable la atmósfera. Las galerías exteriores pintadas al fresco forman pantalla. Por todas partes reina ese fresco pavimento veneciano en el que los mármoles recortados se transforman en inalterables flores. El mobiliario, como el de los palacios italianos, ofrecía las más hermosas sederías ricamente utilizadas, y preciosos cuadros bien colocados: unos cuantos del sacerdote genovés llamado il Cappuccino[560], varios de Leonardo da Vinci[561], de Carlo Dolci[562], de Tintoretto[563] y de Tiziano[564]. Los jardines escalonados presentan esas maravillas en las que el oro ha sido matemorfoseado en grutas de rocalla, en empedrados que son como la locura del trabajo, en terrazas construidas por las hadas, en bosquecillos severos de tono, en donde los cipreses de pie alto, los pinos triangulares y el triste olivo están ya hábilmente mezclados con los naranjos, los laureles y los mirtos; en claros estanques en los que nadan peces de azur y de cinabrio. Se diga lo que se diga en favor de los jardines ingleses, esos árboles en sombrilla, esos tejos tallados, ese lujo de las producciones del arte tan finamente desposado con el de una naturaleza vestida; esas cascadas de peldaños de mármol en las que el agua se desliza tímidamente y parece como un echarpe volado por el viento, pero siempre renovado; esos personajes de plomo dorado que amueblan discretamente silenciosos asilos; en fin, ese osado palacio que compone un punto de vista desde todas partes alzando su encaje al pie de los Alpes; esos vivaces pensamientos que animan la piedra, el bronce y los vegetales, o se dibujan en arriates, esa poética prodigalidad favorecía el amor de una duquesa y un agraciado joven, el cual es una obra de poesía harto alejada de los fines de la brutal naturaleza. Todo aquel que comprende la fantasía hubiera querido ver en una de aquellas hermosas escaleras, al lado de un jarrón con bajorrelieves circulares, a algún negrito vestido hasta medio cuerpo con un tonelete de tela roja, sujetando con una mano una sombrilla por encima de la cabeza de la duquesa, y con la otra la cola de su largo vestido mientras ella escuchaba una palabra de Emilio Memmi. Y ¿qué no habría ganado el veneciano en ir vestido como uno de esos senadores pintados por Tiziano? ¡Ay! En aquel palacio de hadas, bastante similar al de los Peschiere[565] de Génova, la Cataneo obedecía a los firmanes de Victorine[566] y de las modistas francesas. Llevaba un vestido de muselina y un sombrero de paja de arroz, unos lindos zapatos tornasolados, unas medias de hilo que se habría llevado el más ligero céfiro; ¡llevaba por los hombros un schall de encaje negro! Pero lo que nunca se comprenderá en París, en donde las mujeres van embutidas en los vestidos como señoritas en sus vainas anilladas, es el delicioso abandono con el que aquella hermosa hija de la Toscana llevaba la ropa francesa; la había italianizado. La francesa pone una seriedad increíble en su falda, mientras que una italiana le presta poca atención, y no la protege con ninguna mirada envarada, porque se sabe bajo la protección de un único amor, pasión santa y seria para ella, así como para los demás.