Cuentos filosoficos

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Tendida en un sofá, hacia las once de la mañana, de regreso de un paseo, y ante una mesa en la que se veían los restos de un elegante almuerzo, la duquesa Cataneo dejaba a su amante ser dueño de aquella muselina sin decirle: ¡ssh! al mínimo gesto. En una poltrona, a su lado, Emilio tenía entre sus dos manos una de las manos de la duquesa, y la miraba con abandono absoluto. No preguntéis si se querían; se querían demasiado. No estaban leyendo en el libro como Paul y Françoise[567]; lejos de ello, Emilio no se atrevía a decir: ¡Leamos! Al resplandor de aquellos ojos en los que brillaban dos niñas verdes atigradas por hilos de oro que partían del centro como los destellos de una fisura, y comunicaban a la mirada un suave resplandor de estrella, sentía en sí mismo una nerviosa voluptuosidad que le hacía llegar al espasmo. Por momentos le bastaba con ver los hermosos cabellos negros de aquella cabeza adorada ceñidos por un simple aro de oro, escapándose en relucientes trenzas por ambos lados de una frente voluminosa, para escuchar en sus oídos los precipitados latidos de su sangre enardecida en oleadas, y que amenazaba con hacer estallar los vasos del corazón. ¿Por qué fenómeno moral se apoderaba el alma de su cuerpo de tal manera que ya no se sentía en sí mismo, sino absolutamente en aquella mujer a la mínima palabra que ella decía con una voz que turbaba en él las fuentes de la vida[568]?. Si en la soledad una mujer de belleza mediocre estudiada sin cesar se vuelve sublime e imponente, tal vez una mujer tan magníficamente hermosa como lo era la duquesa llegaba a dejar privado a un joven en el que la exaltación hallaba resortes nuevos, porque realmente absorbía aquella joven alma.


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