Cuentos filosoficos

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Heredera de los Doni de Florencia[569], Massimilla se había casado con el duque siciliano Cataneo. Propiciando aquella boda, su anciana madre, muerta más tarde, había querido hacerla rica y feliz según los usos de la vida florentina. Había pensado que, salida del convento para entrar en la vida, su hija cumpliría según las leyes del amor ese segundo matrimonio de corazón que lo es todo para una italiana. Pero Massimilla Doni había adoptado en el convento un gran gusto por la vida religiosa, y, una vez que hubo entregado su fe ante los altares al duque de Cataneo, se conformó cristianamente con ser su mujer. Aquello fue lo imposible. Cataneo, que tan solo quería una duquesa, halló cosa muy necia el ser un marido; no bien Massimilla se quejó de sus maneras, le dijo tranquilamente que se pusiera a buscar un primo cavaliere servante[570], y le ofreció sus servicios para traerle varios donde escoger. La duquesa se echó a llorar, el duque la abandonó. Massimilla miró a la gente que se agolpaba a su alrededor, fue conducida por su madre a la Pérgola[571], a algunas casas diplomáticas, a los Cascine[572], a todas partes en donde se encontraban jóvenes y guapos caballeros, no halló nadie que le agradase, y se puso a viajar. Perdió a su madre, heredó, se puso de luto, vino a Venecia, y en ella vio a Emilio, que pasó por delante de su palco intercambiando con ella una mirada de curiosidad. Todo estuvo dicho. El veneciano se sintió como fulminado, mientras que una voz gritó: ¡es ése! en los oídos de la duquesa. En cualquier otro lugar, dos personas prudentes e instruidas se habrían examinado, olfateado; pero aquellas dos ignorancias se confundieron como dos sustancias de la misma naturaleza que componen una sola al reunirse. Massimilla se volvió veneciana inmediatamente y compró el palacio que tenía alquilado en el Canareggio[573]. Después, no sabiendo en qué emplear sus rentas, había comprado también Rivalta[574], aquel lugar campestre en el que a la sazón estaba. Emilio, presentado por la Vulpato[575] a la Cataneo, se pasó el invierno entero viniendo muy respetuosamente al palco de su amiga. Nunca hubo amor más violento en dos almas, ni más tímido en sus expresiones. Aquellas dos criaturas temblaban una ante la otra. Massimilla no coqueteaba en absoluto, no tenía ni secundo, ni terzo, ni patito[576]. Entretenida con una sonrisa y una palabra, admiraba a su joven veneciano de rostro puntiagudo, de nariz larga y fina, de ojos negros, de frente noble, que, a pesar de sus ingenuas solicitaciones, no entró a su casa hasta después de tres meses empleados en domesticarse uno al otro. El verano mostró su cielo oriental, la duquesa se quejó de ir sola a Rivalta. Feliz y preocupado al mismo tiempo por el tête-à-tête[577], Emilio había acompañado a Massimilla a su retiro. Aquella hermosa pareja llevaba allí seis meses.


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