Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos Con veinte años, Massimilla había inmolado sus escrúpulos religiosos al amor no sin grandes remordimientos; pero se había ido desarmando poco a poco y deseaba realizar aquel matrimonio de corazón tan ponderado por su madre, en el momento en que Emilio sostenía su hermosa y noble mano, larga, satinada, blanca, rematada por unas uñas bien dibujadas y coloreadas, como si hubiera recibido de Asia un poco de la henna que sirve a las mujeres de los sultanes para teñírselas de rosa vivo[578]. Entre ellos se había instalado extrañamente una desgracia ignorada por Massimilla, pero que hacía sufrir cruelmente a Emilio. Massimilla, aunque joven, tenía esa majestad que la tradición mitológica atribuye a Juno, única diosa a la que la mitología no ha atribuido amante alguno, ya que Diana[579] sí fue amada, ¡la casta Diana se enamoró! Júpiter[580] fue el único capaz de no perder la compostura ante su divina costilla, sobre la que se modelaron muchas ladies en Inglaterra. Emilio ponía a su amante a demasiada altura para alcanzarla. Tal vez un año más tarde ya no fuese víctima de esa noble enfermedad que tan solo ataca a los muy jóvenes y a los ancianos. Pero como aquel que rebasa el objetivo dista tanto de él como aquel cuyo tiro no lo alcanza, la duquesa se hallaba entre un marido que se sabía tan lejos del objetivo que ya ni se ocupaba de él, y un amante que lo rebasaba tan rápidamente con las blancas alas del ángel que ya no podía volver. Feliz de ser amada, Massimilla disfrutaba del deseo sin imaginar su fin; mientras que su amante, desdichado en la felicidad, llevaba de cuando en cuando a su joven amiga, mediante una promesa, al borde de eso que tantas mujeres llaman el abismo, y no tenía más remedio que coger las flores que lo bordean, sin poder hacer otra cosa que deshojarlas conteniendo en su corazón una furia que no se atrevía a explicar. Ambos se habían paseado volviendo a decirse por la mañana un himno de amor como los que cantaban los pájaros anidados en los árboles. Al regreso, el joven, cuya situación no puede pintarse sino comparándolo con esos ángeles a los que los pintores no otorgan más que una cabeza y unas alas, se había sentido tan violentamente enamorado que había puesto en duda la absoluta entrega de la duquesa, con el fin de llevarla a decir: «¿Qué prueba quieres?»[581]. Aquellas palabras habían sido lanzadas con aire regio, y Memmi besaba con ardor aquella hermosa mano ignorante. De repente, se levantó furioso contra sí mismo, y dejó a Massimilla. La duquesa quedó en su indolente postura encima del sofá, pero se echó a llorar, preguntándose en qué, hermosa y joven, desagradaba a Emilio. Por su lado, el pobre Memmi iba dando cabezazos a los árboles, como una corneja con penacho. Un criado buscaba en aquel momento al joven veneciano, y corría tras él para darle una carta llegada con un propio.