Cuentos filosoficos

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Marco Vendramini[582], apellido que en el dialecto veneciano, en el que se suprimen ciertos finales, se pronuncia también Vendramin, su único amigo, le informaba de que Marco Facino Cane, príncipe de Varese, había muerto en un hospital de París. Había llegado la prueba del fallecimiento. Así, los Cane Memmi se convertían en príncipes de Varese. Como, a los ojos de ambos amigos, un título sin dinero no significaba nada, Vendramin anunciaba a Emilio como noticia mucho más importante la contratación en la Fenice[583] del famoso tenor Genovese y de la célebre signora Tinti[584]. Sin acabar la carta, que se metió arrugándola en el bolsillo, Emilio corrió a anunciar a la duquesa Cataneo la gran noticia, olvidando su herencia heráldica. La duquesa ignoraba la singular historia que recomendaba a la Tinti a la curiosidad de Italia, y el príncipe se la dijo en pocas palabras. Aquella ilustre cantante era una simple posadera cuya maravillosa voz había sorprendido a un gran señor siciliano que iba de paso. Siendo así que la belleza de aquella niña, que a la sazón contaba doce años, resultó ser digna de la voz, el gran señor había tenido la perseverancia de acudir a la educación de aquella personilla, como Luis XV hizo antaño educar a la Señorita de Romans[585]. Había esperado pacientemente a que la voz de Clara fuese trabajada por un célebre profesor, y a que tuviera dieciséis años para disfrutar de todos los tesoros tan laboriosamente cultivados. Al debutar el año anterior, la Tinti había arrebatado a las tres capitales de Italia más difíciles de satisfacer.


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