Cuentos filosoficos
Cuentos filosoficos La Tinti dijo dos palabras al tenor al dar la vuelta a la mesa. Volvió al príncipe, lo tomó por el cuello, le besó en el pelo con una expresión de desesperación que sacudió a Vendramin y al francés, los únicos que conocían su razón, y después fue a arrojarse a su habitación. Emilio, viendo a Genovese abandonar la mesa, y a Cataneo sumergido en una larga discusión musical con Capraja, se deslizó hacia la puerta de la habitación de la Tinti, levantó el cortinón de la puerta y desapareció como una anguila en el cieno.
—Muy bien —Cataneo, decía Capraja—, tú se lo has pedido todo a los placeres físicos, y resulta que estás en la vida colgado de un hilo, como un arlequín de cartón, repleto de cicatrices, y que no se mueve más que si tiran de la cuerda todos a una.
—Pues tú, Capraja, que se lo has pedido todo a las ideas, ¿no estás acaso en el mismo estado, no vives a horcajadas en un glissando?
—Yo poseo el mundo entero —dijo Capraja, que hizo un gesto regio extendiendo la mano.
—Y yo ya lo he devorado —replicó el duque.
Se dieron cuenta de que el médico y Vendramin se habían ido, y de que se encontraban solos.