El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias El viejo soldado estaba tranquilo, inmóvil, casi distraído. A pesar de sus harapos, a pesar de la miseria impresa en sus facciones, reflejaba una gran dignidad. Su mirada tenía una expresión de estoicismo que no podía pasar inadvertida a los ojos de un magistrado; pero, cuando un hombre cae en manos de la justicia, ya no es más que un ser moral, una cuestión de derecho y de hecho, de la misma manera que a los ojos de los estadísticos se convierte en una cifra. Cuando el soldado fue llevado de nuevo a la escribanía del tribunal para ser conducido con los vagabundos que se estaba juzgando en aquellos momentos, Derville usó del derecho que tienen los procuradores para entrar en todas partes, en el Palacio de Justicia, le acompañó a la escribanía y le contempló allí durante unos instantes, así como a los curiosos mendigos entre los cuales se encontraba. La antesala de la escribanía ofrecía entonces uno de esos espectáculos que desgraciadamente ni los legisladores, ni los filántropos, ni los pintores, ni los escritores se deciden a estudiar.