El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias Lavienne se inclinó hacia su dueño y le dijo unas palabras al oÃdo.
—Bien, ¿qué necesitáis para comprar vuestra fruta en el mercado?
—Pues, señor, necesitarÃa, para continuar mi comercio… sÃ, necesitarÃa diez francos.
El juez hizo una seña a Lavienne, que sacó diez francos y los dio a la mujer mientras el juez inscribÃa el préstamo en su registro. Al ver el movimiento de alegrÃa que hizo estremecer a la vendedora, Bianchon adivinó la ansiedad con que sin duda habÃa ido aquella mujer a la casa del juez.
Bianchon llevó aparte al criado e informose del tiempo que llevarÃa aquella audiencia.
—El señor ha tenido doscientas personas esta mañana, y todavÃa tiene que hacer ochenta más —dijo Lavienne—; el señor doctor tendrÃa tiempo de ir a sus primeras visitas.
—Muchacho —dijo el juez volviéndose y cogiendo a Horacio por el brazo—, tomá, aquà tienes dos direcciones cerca de aquÃ, la una en la calle del Sena, la otra en la calle de la Ballesta. Corre hacia allá. En la calle del Sena, una joven acaba de asfixiarse, y en la calle de la Ballesta encontrarás a un hombre que necesita ingresar en tu clÃnica. Te aguardaré para desayunar.