El coronel Chabert y otras historias

El coronel Chabert y otras historias

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Desde que los ojos y la mano de una mujer faltaban en la casa, la vivienda de Popinot había adquirido un aspecto en consonancia con el del dueño. La incuria del hombre llevado por una idea dominante, imprimía su extraño sello a todas las cosas. Por todas partes un polvo inveterado, en los objetos esos cambios de destino cuya industria recordaba la de los pisos de soltero. Había papeles en jarrones de llores, botellas de tinta vacías sobre los muebles, platos olvidados, en fin, un gran desorden. Pero el gabinete del magistrado, particularmente removido por aquel desorden incesante, revelaba su extraordinaria prisa, la actividad del hombre abrumado de quehaceres, perseguido por necesidades que se entrecruzan. La biblioteca parecía haber sido saqueada, los libros por el suelo; los registros de procedimiento también en el suelo dispuestos en línea. Este suelo entarimado hacía dos años que no había sido fregado. Las mesas y los muebles estaban atestados de «ex votos» ofrecidos por la miseria agradecida. Sobre los cucuruchos de vidrio azul que adornaban la chimenea se encontraban dos globos de vidrio, en el interior de los cuales se hallaban esparcidos diversos colores mezclados, lo que les daba el aspecto de un curioso producto de la naturaleza. Ramilletes de flores artificiales, cuadros en los que las iniciales de Popinot estaban rodeadas de corazones y de siemprevivas, decoraban las paredes. Aquí, cajas de ebanistería hechas con pretensión, y que no podían servir para nada. Allá, pisapapeles trabajados con el gusto de las obras realizadas en presidio por los penados. Estas obras maestras de paciencia, estas muestras de gratitud, estos ramilletes secos, daban al gabinete y a la habitación del juez el aspecto de una tienda de juguetes para niños. El buen hombre llenaba estas obras de notas, de plumas olvidadas y de pequeños papeles. Estos sublimes testimonios de una caridad divina estaban llenos de polvo, sin frescor. Algunas aves perfectamente disecadas, pero roídas por la polilla, se erguían en aquella selva de baratijas en la que dominaba un gato de angora, el gato favorito de la señora Popinot, y al que un naturalista arruinado había restituido sin duda todas las apariencias de la vida, pagando así con un tesoro eterno una pequeña limosna. Algún artista de barrio, cuyo corazón había extraviado los pinceles, había pintado los retratos del señor y de la señora Popinot. Hasta la alcoba del dormitorio veíanse pelotas bordadas, paisajes y cruces de papel plisado, todo lo cual revelaba un ímprobo trabajo. Los visillos de las ventanas estaban ennegrecidos por el humo, y las cortinas no tenían ya ningún color. Entre la chimenea y la larga mesa cuadrada en la que trabajaba el magistrado, la cocinera había servido dos tazas de café con leche encima de un velador. Dos sillones de caoba aguardaban al tío y al sobrino. Como quiera que la luz interceptada por las ventanas no llegaba a este lugar, la cocinera había dejado dos bujías cuya mecha desmesuradamente larga formaba como una seta, y proyectaba esa luz rojiza que hace durar la bujía por la lentitud de la combustión, descubrimiento debido a los avaros.


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