El coronel Chabert y otras historias

El coronel Chabert y otras historias

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—Caballero —repuso el procurador—, seguiréis, según espero, mis consejos. Vuestra causa será mi causa. Pronto os daréis cuenta del interés que me tomo por vuestra situación, casi sin ejemplo en los fastos judiciales. Entretanto, voy a daros una carta para mi notario, el cual os entregará, contra recibo, cincuenta francos cada diez días. No sería conveniente que vinieseis a buscar aquí vuestro socorro. Si sois el coronel Chabert, no debéis estar a merced de nadie. Daré a ese dinero la forma de un préstamo. Tenéis bienes que recobrar, sois rico.

Este último detalle de delicadeza arrancó lágrimas al anciano. Derville se levantó bruscamente, porque quizá no fuera natural que un procurador mostrara conmoverse; pasó a su gabinete, de donde regresó con una carta sellada que entregó al conde Chabert. Cuando el pobre hombre la tuvo entre sus dedos, sintió dos piezas de oro a través del papel.

—¿Queréis designarme las actas, darme el nombre de la ciudad, del reino? —dijo el procurador.

El coronel dictó los informes verificando la ortografía de los nombres de lugar; luego cogió el sombrero con una mano, miró a Derville, tendiole la otra mano, una mano encallecida, y le dijo con voz llena de sencillez:

—A fe mía, señor, después del emperador, vos sois el hombre a quien deberé más. Sois un valiente.


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