El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias La condesa se levantó, dejó al coronel y bajó para hablar sin testigos con su doncella, a la que hizo partir para ParÃs, recomendándole que entregase ella misma a Delbecq la carta que acababa de escribir y de devolvérsela tan pronto como él la hubiese leÃdo. Luego la condesa fue a sentarse en un banco en el que fuese vista con facilidad para que el coronel pudiese ir a reunirse con ella tan pronto como quisiera. El coronel, que ya estaba buscando a su mujer, fue a sentarse al lado de ella.
—Rosina —le dijo—, ¿qué os ocurre?
La condesa no respondió. La tarde era una de esas tardes magnÃficas y serenas cuyas secretas armonÃas difunden en el mes de junio tanta suavidad en las puestas de sol. El aire era puro y el silencio profundo, de suerte que podÃa oÃrse a lo lejos, en el parque, las voces de algunos niños que añadÃan una especie de melodÃa a las sublimidades del paisaje.
—¿No me respondéis? —preguntó el coronel a su esposa.
—Mi marido… —dijo la condesa, la cual se detuvo, hizo un movimiento e interrumpiose para preguntarle sonrojándose—. ¿Cómo dirÃa yo al hablar del señor conde Ferraud?
—Llámale marido, pobre criatura —respondió el coronel en tono de bondad—; ¿acaso no es el padre de sus hijos?