El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias —Bien —repuso la condesa—, si ese señor me pregunta qué he venido a hacer aquÃ, si se entera de que me he encerrado aquà con un desconocido, ¿qué le diré? Escuchad, señor —añadió asumiendo una actitud llena de dignidad—, decidid sobre mi suerte, estoy resignada a todo…
—Querida —dijo el coronel apoderándose de las manos de su mujer—, he decidido sacrificarme enteramente a vuestra felicidad…
—¡Eso es imposible! —exclamó la joven con un movimiento convulsivo—. Pensad que para ello deberÃais renunciar a vos mismo, y de una manera auténtica…
—¡Cómo! —dijo el coronel—. ¿Es que mi palabra no os basta?
La palabra auténtica cayó sobre el corazón del anciano y despertó en él desconfianzas involuntarias. Lanzó a su mujer una mirada que la hizo sonrojarse, ella bajó los ojos y él tuvo miedo de verse obligado a despreciarla. La condesa temÃa haber perturbado el salvaje pudor, la probidad severa de un hombre cuyo carácter generoso y virtudes primitivas le eran conocidos. Aunque estas ideas hubiesen esparcido algunas nubes sobre su frente, la buena armonÃa se restableció en seguida entre ambos. Un grito infantil resonó a lo lejos.
—¡Julio, deja tranquila a vuestra hermana! —exclamó la condesa.