El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias —¡Cómo! ¿Vuestros hijos están aqu� —dijo el coronel.
—SÃ, pero les he prohibido que os molesten.
El viejo soldado comprendió la delicadeza, el tacto de mujer que habÃa en aquel proceder tan gracioso, y tomó la mano de la condesa para besársela.
—Que vengan —dijo.
La niña venÃa corriendo para quejarse de su hermano.
—¡Mamá!
—¡Mamá!
—Es él que…
—Es ella…
Las manos se tendÃan hacia la madre, y las dos voces infantiles se mezclaban. Fue una escena repentina y deliciosa.
—¡Pobres hijos! —exclamó la condesa no pudiendo contener las lágrimas—. Será preciso abandonarles: ¿a quién los concederán los jueces? No es posible dividir el corazón de una madre, ¡yo los quiero!
—¿Sois vos quien hace llorar a mamá? —dijo Julio lanzando una mirada llena de cólera al coronel.
—¡Callaos, Julio! —exclamó la madre con tono imperioso.
Los dos niños permanecieron en pie y en silencio, examinando a su madre y al desconocido con una curiosidad que es imposible expresar con palabras.