El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias —¡Oh! sà —repuso—, si me separan del conde, que me dejen los niños, y me someteré a todo…
Fueron unas palabras decisivas que obtuvieron todo el éxito que ella esperaba.
—Sà —exclamó el coronel como si acabase una frase empezada mentalmente—, debo volver bajo tierra. Ya me lo habÃa dicho a mà mismo.
—¿Puedo aceptar tal sacrificio? —respondió la condesa—. Si algunos hombres murieron para salvar el honor de su amante, sólo dieron su vida una vez. ¡Pero asà darÃais la vida todos los dÃas! No, no, eso es imposible. Si no se tratase más que de vuestra existencia, ello no serÃa nada; pero firmar que vos no sois el coronel Chabert, reconocer que sois un impostor, dar vuestro honor, cometer una falsedad todas las horas del dÃa, no, el sacrificio humano no podrÃa llegar a ese extremo. ¡Pensadlo, pues! No. De no ser por mis hijos, ya habrÃa huido con vos a los confines del mundo…
—Pero —repuso Chabert—, ¿es que no puedo vivir aquÃ, en vuestro pequeño pabellón, como uno de vuestros parientes? Estoy gastado como un cañón viejo, y no necesito más que un poco de tabaco y el Constitucional.