El coronel Chabert y otras historias
El coronel Chabert y otras historias —Caballero —le dijo Delbecq—, os aconsejo que no firméis demasiado de prisa. En vuestro lugar, sacarÃa por lo menos treinta mil libras de renta de este proceso, porque la señorÃa los darÃa.
Luego de haber fulminado a aquel distinguido bribón con su clara mirada de hombre de bien indignado, el coronel huyó, llevando de mil sentimientos encontrados. Volviose desconfiado, se indignó, se calmó, todo sucesivamente.
Finalmente entró en el parque de Groslay por la brecha de un muro y llegó con paso lento a descansar y a reflexionar cómodamente en un gabinete practicado bajo un quiosco desde donde se divisaba el camino de Saint-Leu. El sendero estaba enarenado con esa especie de tierra amarillenta con la cual se sustituye la grava de rÃo y la condesa, que se hallaba sentada en el saloncito de aquella especie de pabellón, no oyó al coronel, porque estaba demasiado preocupada por el éxito de su asunto para prestar la menor atención al ligero ruido que hizo su marido. El viejo soldado tampoco vio a su mujer encima de él en el pequeño pabellón.
—Bien, señor Delbecq, ¿ha firmado? —preguntó la condesa a su administrador, al que vio solo por el camino de encima de la cerca de una zanja.
—No, señora. Ni siquiera sé lo que ha sido de nuestro hombre. El viejo caballo se ha encabritado.