El Coronel Chabert
El Coronel Chabert —¡Cómo! —exclamó al fin dolorosamente—. ¿Mostrar a mi criatura, a mi esposa? ¿Rasgar el velo con el que castamente he ocultado mi felicidad? ¡Eso sería una horrenda prostitución! Hace diez años que vivo con esta mujer. Es mía, sólo mía. Me ama. ¿Acaso no me ha sonreído a cada pincelada que le he dado? Tiene un alma, el alma de que la he dotado. Se ruborizaría si otros ojos que no fueran los míos se posaran sobre ella. ¡Enseñarla! Pero ¿qué marido, qué amante sería tan vil como para arrastrar a su mujer a la deshonra? Cuando pintas un cuadro para la corte, no pones en él toda tu alma, no vendes a los cortesanos sino maniquíes coloreados. ¡Mi pintura no es una pintura, es un sentimiento, una pasión! Nacida en mi taller, ha de permanecer virgen y no puede salir de él sino vestida. ¡La poesía y las mujeres sólo se entregan desnudas a sus amantes! ¿Poseemos acaso las figuras de Rafael, a la Angélica del Ariosto, la Beatriz del Dante? ¡No, sólo vemos sus formas! Pues bien, la obra que tengo ahí arriba, bajo siete llaves, es una excepción en nuestro arte; ¡no es un lienzo, es una mujer!, una mujer con la que río, lloro, hablo y pienso. ¿Quieres que abandone de golpe una dicha de diez años como quien tira un abrigo? ¿Que de golpe deje de ser padre, amante y Dios? Esa mujer no es una criatura, es una creación. Que venga tu jovenzuelo, le daré mis tesoros, le daré cuadros de Correggio, de Miguel Ángel, de Tiziano, besaré las huellas de sus pasos en el polvo, pero ¿convertirlo en mi rival? ¡Vergüenza habría de darme! ¡Ja, ja! Soy aún más amante que pintor. Sí, me quedarán fuerzas para quemar mi Catherine antes de exhalar el último suspiro; pero ¿hacerle soportar la mirada de un hombre, de un joven, de un pintor? ¡No, no! ¡Mataría al día siguiente a quien la hubiera mancillado con una mirada! ¡Te mataría al instante, a ti, mi amigo, si no la saludaras de rodillas! ¿Así que ahora pretendes que someta a mi idolatrada a las frías miradas y las estúpidas críticas de los imbéciles? ¡Ah, el amor es un misterio! Sólo tiene vida en el fondo de los corazones, y todo está perdido cuando un hombre le dice incluso a su amigo: «¡He aquí a la que amo!».