Eugenia Grandet

Eugenia Grandet

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Dotada de ese sutil tacto que el solitario ejercita con sus perpetuas meditaciones y con la exquisita agudeza con que capta las cosas que caen en su esfera, Eugenia, acostumbrada por la desgracia y por su reciente educación a adivinarlo todo, sabía que el presidente deseaba su muerte para entrar en posesión de aquella inmensa fortuna, aumentada además por las herencias de su tío el notario y de su tío el abate, a quienes Dios tuvo el capricho de llamar a su seno. La pobre reclusa compadecía al presidente. La Providencia la vengó de los cálculos y de la infame indiferencia de un esposo que respetaba, como la más sólida de las garantías, la pasión sin esperanza de que se alimentaba Eugenia. Dar la vida a un niño, ¿no hubiera sido matar las esperanzas del egoísmo, las alegrías de la ambición acariciadas por el primer presidente? Dios lanzó, pues, masas de oro a su prisionera, a la que el oro era indiferente y que aspiraba al cielo, que vivía, piadosa y buena, en santos pensamientos, que socorría sin cesar a los desgraciados en secreto. La señora de Bonfons quedó viuda con treinta y tres años, con una fortuna de ochocientas mil libras de renta, bella todavía, pero como una mujer es bella con casi cuarenta años. Su rostro es blanco, reposado, tranquilo. Su voz, dulce y recogida, sus modales sencillos. Tiene todas las noblezas del dolor, la santidad de una persona que no ha mancillado su alma con el contacto del mundo, pero también la rigidez de la solterona y los hábitos mezquinos que proporciona la estrecha existencia de provincias. A pesar de sus ochocientas mil libras de renta, vive como había vivido la pobre Eugenia Grandet, sólo enciende fuego en su habitación los días que en el pasado su padre le permitía encender la chimenea de la sala, y lo apaga según el programa en vigor en sus años de juventud. Sigue vistiendo como lo hacía su madre. La casa de Saumur, casa sin sol, sin calor, siempre sombría, melancólica, es la imagen de su vida. Acumula cuidadosamente sus rentas, y quizá parecería avariciosa si no desmintiese la maledicencia empleando noblemente su fortuna. Piadosas y caritativas fundaciones, un hospicio para ancianos y escuelas cristianas para niños, una biblioteca pública magníficamente dotada, dan testimonio cada año contra la avaricia que le reprochan algunas personas. Las iglesias de Saumur le deben algunos embellecimientos. La señora de Bonfons, a la que por burla llaman señorita, inspira por lo general un religioso respeto. Este noble corazón, que sólo latía para los sentimientos más tiernos, debía, pues, estar sometido a los cálculos del interés humano. El dinero debía comunicar sus fríos tintes a aquella vida celestial, y provocar desconfianza hacia los sentimientos de una mujer que era todo sentimiento.


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