Los campesinos

Los campesinos

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—Tome, tío Fourchon; aquí tiene cuarenta sueldos para que beba a mi salud, para el caso de que no podamos pimplar el vino de Alicante.

Fourchon volvió la cara al tiempo que se embolsaba la moneda, para que Carlos no pudiera ver una expresión de placer y de ironía que le fue imposible reprimir.

—Catalina —continuó el viejo— es una bestia impúdica; le gusta el vino de Málaga, y convendrá decirle que lo venga a buscar aquí al castillo. ¿No comprendes, imbécil?

Carlos contempló al tío Fourchon con admiración ingenua, sin poder adivinar el inmenso interés que tenían los enemigos del general en introducir en el castillo un espía más.

—¿El general es feliz? —preguntó el viejo—. Ahora los campesinos están muy tranquilos. ¿Está contento de Sibilet?

—El único que se preocupa por Sibilet es el señor Michaud; se dice que le hará despedir.

—No es más que celos profesionales —replicó Fourchon—. Apuesto cualquier cosa que te gustaría que despidiesen a Francisco y te nombrasen primer ayuda de cámara en su lugar.

—¡Caramba! Con un sueldo de mil doscientos francos, ¿a quién no le gustaría el empleo? Pero no lo pueden despedir; conoce todos los secretos del general.


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