Los campesinos

Los campesinos

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Contando por aquel entonces sesenta y siete años, Rigou no había estado en cama, por enfermedad, ni una sola vez en los últimos treinta años, y no parecía que nada pudiese afectar aquella salud realmente ofensiva. Alto y delgado, los ojos rodeados por un círculo oscuro y los párpados casi negros, cuando por las mañanas aparecía al aire su cuello arrugado, granulado y rojo, se le hubiera podido comparar perfectamente con un cóndor, y tanto más válida era la comparación por cuanto su nariz, muy larga y afilada, ayudaba al parecido con una coloración sanguinolenta. Su cabeza, casi calva, habría espantado a los enterados en frenología, por su occipucio en forma de lomo de asno, índice de una voluntad despótica. Sus ojos grisáceos y casi escondidos bajo unos párpados de membranas filamentosas, estaban predestinados a jugar a la hipocresía. Dos mechones de pelo de un color indeciso, tan escasos que no conseguían ocultar la piel, flotaban sobre dos largas orejas sin lóbulo, detalle que revela crueldad, pero únicamente en el aspecto moral, si no revela demencia. La boca, muy hundida y de labios delgados, descubría al intrépido glotón, al impenitente bebedor, por la caída de las comisuras que dibujaban una especie de comas por las que se le escurrían los jugos. Y burbujeaba la saliva cuando comía o cuando hablaba. Heliogábalo debía de ser un tipo como él.



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