Los campesinos

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No obstante, si todos esos dignos burgueses, orgullosos de su bienestar, consideraban su círculo de amistades como muy superior a la mejor sociedad de la Ville-aux-Fayes, y repetían con cómica importancia el dicho del valle: «Soulanges es una villa para el placer y la buena sociedad», sería poco prudente pensar que la capital avonniana aceptaba esa supremacía. El salón de Gaubertin se burlaba, in petto, del de los Soudry. En la manera como Gaubertin decía: «Nosotros somos una localidad que nos dedicamos al comercio, a los negocios; cometemos la estupidez de aburrirnos ganando mucho dinero», era fácil adivinar un ligero antagonismo entre la tierra y la luna. La luna se creía útil a la tierra y la tierra regía los pasos de la luna. Por lo demás, la tierra y la luna vivían en la más perfecta inteligencia. Durante el Carnaval la alta sociedad de Soulanges asistía en masa a los cuatro bailes dados por el señor Gaubertin, por Gendrin, por Leclercq, el recaudador de contribuciones, y por el joven Soudry, procurador del rey. Cada domingo, el procurador del rey, su mujer, el señor, la señora y la señorita Elisa Gaubertin iban a comer a casa de los Soudry de Soulanges. Cuando estaba también invitado el subprefecto, cuando el maestro de postas, el señor Guerbet de Conches, iba a participar del puchero, Soulanges ofrecía el grandioso espectáculo de cuatro coches departamentales a la puerta de la residencia de los Soudry.


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