Los campesinos
Los campesinos Demasiado egoísta para molestarse en hacer doce kilómetros, al final de los cuales se vería obligado a escuchar las majaderías dichas por los habituales de aquella casa y a ver a un simio vestido de mujer, Rigou, muy superior en cuanto a inteligencia e instrucción a aquella pequeña burguesía, no iba jamás a casa del notario si no le obligaban los negocios. Se excusaba de hacer visitas de buena vecindad pretextando sus muchas ocupaciones, sus costumbres y su salud, que no le permitían, decía, regresar de noche por un camino a lo largo del cual burbujeaba el Thune.
Ese arisco y enjuto usurero pesaba mucho en la sociedad de Soulanges y en el círculo de amistades de la señora Soudry, la cual olía en él al tigre con garras de acero, esa malicia salvaje, esa prudencia nacida en el claustro y madurada al sol del oro y con la que Gaubertin nunca había querido enfrentarse.
En cuanto el calesín de mimbre y el caballo pasaron el Café de la Paz, Urbano, el criado de los Soudry, sentado en un banco colocado bajo las ventanas del comedor y hablando con el vendedor de refrescos, hizo visera con la mano para ver mejor quien era el que llegaba.
—Ahí va el tío Rigou… Hay que abrir la puerta. Sujeta el caballo, Socquard —dijo familiarmente al dueño del café.