Los campesinos

Los campesinos

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—Nunca falta algún motivo de disputa; pero los jugadores siempre acaban perdonándoselo todo.

Por la ventana del salón que daba a la plaza se habían asomado numerosas cabezas. Al reconocer al padre de su nuera, Soudry bajó a recibirle al pie de la escalinata.

—Y bien, consuegro —dijo el ex gendarme empleando este apelativo en su primitiva acepción—, ¿está enferma Anita para que usted nos conceda su presencia durante una velada?

Por un resto de espíritu de gendarme, el alcalde iba siempre derecho al grano.

—No, pero ha sucedido algo —respondió Rigou tocando con su índice derecho la mano que le tendía Soudry—; ya tendremos ocasión de hablar, pues se refiere a algo que puede ser de interés para nuestros hijos…

Soudry, hombre todavía apuesto, vestido de azul como si continuara perteneciendo a la gendarmería, cuello negro y botas con espuelas, condujo a Rigou, cogido del brazo, a presencia de su imponente cara mitad. La contraventana de la terraza estaba abierta, y los invitados se paseaban gozando de aquella tarde de verano que hacía resplandecer el magnífico paisaje que, después del boceto que han leído, cualquier persona con imaginación puede percibir.


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