Los campesinos
Los campesinos —HacÃa mucho tiempo que no nos habÃamos visto, mi querido Rigou —dijo la señora Soudry tomando del brazo al ex benedictino y llevándoselo hacia la terraza.
—Son tan penosas mis digestiones… —contestó el viejo usurero—. Mire, el color de mi cara es casi tan vivo como el suyo…
La entrada de Rigou en la terraza determinó, como puede suponerse, una explosión de joviales saludos entre todos los personajes.
—¡RÃa, tragón…! Ya he descubierto su vicio —exclamó el señor Guerbet, el maestro, tendiendo su mano a Rigou, quien la rozó con el Ãndice de su mano derecha.
—No está mal, no está mal… —añadió el pequeño juez de paz Sarcus—. A nuestro señor de Blangy le gusta comer.
—Señores —respondió amargamente Rigou—, hace ya mucho tiempo que he dejado de ser el gallo de mi pueblo.
—No es esto precisamente lo que dicen las pollitas del lugar, ¡grandÃsimo tunante! —dijo la Soudry dando un suave golpe con el abanico a Rigou.
—¿Andan bien las cosas, mi querido señor? —preguntó el notario, saludando a su mejor cliente.
—Regular —contestó Rigou dando su Ãndice al notario, como un saludo.