Los campesinos

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—¿Y tú dices esto? —replicó María dirigiendo a Bonnébault una mirada furibunda—. Devuélveme antes mi dinero y te regalo la señorita Socquard, si es lo bastante rica para mantenerte…

En ese punto, María, asustada al ver que Alcides Socquard apenas podía contener a Bonnébault, que había dado un salto de tigre, huyó hacia fuera.

Rigou hizo subir a María en su carretela para librarla de la cólera de Bonnébault, cuyas voces se oían incluso en la casa de Soudry; luego, después de dejarla escondida en el coche, regresó al café para tomarse la limonada, mientras examinaba el grupo formado por Plissoud, Amaury, Viollet y el mozo del café, quienes intentaban calmar a Bonnébault.

—Vamos, húsar, ahora te toca jugar a ti —dijo Amaury, jovenzuelo de corta estatura y pelo rubio.

—Además, ya se ha ido —añadió Viollet.

Si alguno demostró alguna vez sorpresa, fue Plissoud, en el instante en que vio al usurero de Blangy sentado en una de las mesas y más ocupado en observarle a él que interesado en la disputa de las dos muchachas. A pesar suyo, el ujier reflejó en su rostro la clase de estupefacción que causa el encuentro con un hombre contra el que se tiene algún agravio, o contra quien se está tramando algo, y regresó súbitamente al billar.

—Adiós, amigo Socquard —dijo el usurero.


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