Los campesinos

Los campesinos

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—Voy a traerle su coche —respondió el dueño del café—; tómese el tiempo que quiera.

«¿Cómo me las arreglaría para saber lo que se dicen estos tipos mientras juegan su partida?», se preguntaba Rigou, que vio en un espejo la cara del mozo.

Aquel camarero era un hombre al que Socquard empleaba en múltiples trabajos: cuidaba los viñedos, barría el local y el billar, arreglaba el jardín y regaba el Tívoli, y todo por veinte escudos al año. Siempre iba sin chaqueta, salvo en las grandes festividades, y por todo vestido llevaba un pantalón de tela azul, zapatos bastos y un chaleco de terciopelo a rayas, sobre el que se ataba un delantal de tela ordinaria cuando estaba de servicio en la sala de billar o en el café. Aquel delantal era la insignia que ponía de manifiesto sus funciones. Sus servicios habían sido contratados en la última feria, ya que en aquel valle, lo mismo que en toda la Borgoña, los criados se contratan en la plaza, por años, igual que se compran los caballos.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó Rigou.

—Miguel, para servirle —respondió el mozo.

—¿No viene por aquí alguna vez el tío Fourchon?

—Dos o tres veces por semana, con el señor Vermichel, que me da unos sueldos de propina por advertirle cuando su mujer cae sobre ellos.


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