Los campesinos
Los campesinos —Yo no pongo más que una condición: la de quedarme con el pabellón, con sus dependencias y con cincuenta arapendes alrededor; yo pagaré los arapendes. Haré del pabellón mi casa de campo, y asà estaré cerca de mis bosques. La señora Gaubertin…, doña Isaura, como desea ser llamada, dice que quiere hacer de él su villa.
—Me parece muy bien —añadió Rigou.
—Y ahora, entre nosotros —continuó Gaubertin en voz baja, después de echar una ojeada a su alrededor y asegurarse de que nadie podÃa oÃrle—, ¿les creen capaces de gastarnos alguna mala jugada?
—¿Una mala jugada? —repitió Rigou, que nunca querÃa comprender nada que se dijese a medias.
—¿Y si un hombre exaltado, si una mano oculta hiciera silbar una bala en los oÃdos del general…, simplemente para asustarle?
—Es hombre capaz de perseguirlo y detenerle.
—¿Entonces, Michaud?…
—Michaud no dirÃa nada, seguirÃa como si tal cosa, espiarÃa y acabarÃa por encontrar al hombre y a quienes le armaron.