Los campesinos

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—A Michaud —respondió Courtecuisse—. Vaudoyer tiene razón, muchísima razón. Si mandamos a la sombra a uno de los guardas, veréis como difícilmente se encontrarán otros que quieran quedarse al sol vigilando. Están al acecho durante el día, pero también lo están durante la noche… ¡Son verdaderos diablos!

—Por cualquier parte que vayáis —dijo la vieja Tonsard, que tenía setenta años y que asomó su cara de pergamino, surcada por mil arrugas, agujereada por dos ojillos verdes y adornada con unos cabellos de un blanco sucio que le salía a mechones por debajo de un pañuelo rojo—, os los encontraréis y os arrestarán. Registran los haces de leña, y si encuentran una sola rama cortada, una sola ramita, os confiscarán el haz y seréis denunciados. Ya lo han dicho. ¡Ah, los muy miserables! No hay manera de escabullirse, y si desconfían, os harán deshacer el fardo… Son tres perros que no valen dos ochavos; si los mataran no se arruinaría Francia, creedme.

—El pequeño Vatel no es tan malo como los otros —observó la señora Tonsard, la nuera.

—Ése hace lo mismo que los demás —replicó Laroche—. Cuando se trata de reír, ríe contigo; pero no tiene consideración; es el más perverso de los tres, no tiene corazón ni piedad para el desdichado pueblo, como Michaud…


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