Los campesinos

Los campesinos

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—Lo sé muy bien —añadió la nuera Tonsard—. Groison me ha dicho que el señor alcalde va a publicar un bando que dirá que nadie podrá ir a espigar sin un certificado de indigencia; ¿y quién es el que lo dará? Pues él, y no dará muchos. También publicará la prohibición de entrar en los sembrados antes de que la última gavilla esté en la carreta…

—¿Pero ese maldito coracero es el demonio? —rugió Tonsard fuera de sí.

—No lo supe hasta ayer —prosiguió su mujer, la cual ofreció un vaso de vino a Groison para sonsacarle.

—Ése es feliz —dijo Vaudoyer—. Le han construido una casa, le han dado una buena esposa, tiene sus rentas y vive como un rey… y yo, con veinte años de guarda rural, sólo he coleccionado catarros.

—Sí, todo le va bien —afirmó Godain—, y tiene sus ahorros.

—Nosotros nos quedamos aquí quietos, de imbéciles que somos —exclamó Vaudoyer—. Por lo menos vamos a ver qué pasa en Conches; allí no tienen tanta paciencia como nosotros…

—Vamos —contestó Laroche, quien no se aguantaba muy firme sobre sus piernas—. Si no me cargo a uno o a dos, dejo de liarme como me llamo.


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