Los campesinos
Los campesinos La mañana del segundo día después de su regreso, Emilio Blondet estaba en la ventana de su habitación, la cual daba a una de las terrazas de balcón moderno desde la que se divisaba una espléndida vista. Sobre ese balcón se abrían las habitaciones reservadas a la condesa, en la fachada fronteriza a los bosques y al paisaje de Blangy. El estanque, que habrían calificado de lago si Les Aigues hubieran estado más cerca de París, se veía un poco, lo mismo que su largo canal; el arroyo que venía del lado del pabellón atravesaba una alfombra de hierba atornasolada y con encajes de arena.
En la parte exterior del parque se veían las aldeas y sus murallas, los cultivos de Blangy, algunas praderas donde pacían unas vacas, propiedades rodeadas de setos, con árboles frutales, nogales y manzanos; más allá, como un marco para este cuadro, las montañas donde se elevaban, como un piso sobre otro, los esbeltos árboles del bosque. La condesa había salido en zapatillas para contemplar las flores de su balcón que exhalaban el perfume matinal; llevaba un peinador de batista bajo el cual se entreveían sus hombros rosados; un gracioso gorrito con el que trataba de sujetarse el cabello, sin conseguirlo; la piel de sus piernas brillaba a través de las transparentes medias, y el peinador sin cinturón, flotaba y dejaba ver una enagua de batista bordada mal ajustada, viéndosele también cuando el viento le entreabría el ligero peinador.