Los campesinos
Los campesinos —¡Ah…! ¿Está usted aqu� —preguntó ella.
—SÃ…
—¿Qué estaba mirando?
—¡Linda pregunta! Me ha arrancado usted de la naturaleza… DÃgame, condesa, ¿le gustarÃa dar, antes de la comida, un paseo por el bosque?
—¡Qué idea! Ya sabe que me aterra andar.
—Iremos despacio; la llevaré en el tÃlburi, y nos lle varemos a José para que lo guarde… Nunca pone usted los pies en el bosque, quiero que disfrute de un singular fenómeno: hay en algunos sitios cierta cantidad de copas de árboles que tienen el color de los bronces florentinos.
—Muy bien, voy a vestirme…
—Entonces no saldremos ni dentro de un par de horas… Póngase un chal, un sombrero…, unos borceguÃes…; no necesita más. Voy a decir que enganchen el caballo.
—Siempre hay que hacer su santa voluntad… Estoy lista en un instante.
—General, vamos a dar un paseo; ¿quiere venir usted? —dijo Blondet yendo a despertar al conde, quien dejaba escapar los ronquidos del hombre que todavÃa está dominado por el sueño matutino.