Los campesinos
Los campesinos Un cuarto de hora después, el tílburi rodaba lentamente por las avenidas del parque, seguido a distancia por un criado de librea.
Era una mañana de septiembre. El profundo azul del cielo resplandecía en medio de las nubes como la lana de los corderos, que parecía el fondo y el éter el accidente; en el horizonte había largas franjas azules, mezcladas con nubecillas del color de la arena; esos colores adquirían un tono verde por encima de los bosques. La tierra, bajo aquel manto, era como una mujer al levantarse de la cama: exhalaba aromas suaves y cálidos, y asimismo silvestres; el vaho de los cultivos se mezclaba con el de los bosques. Sonaba el Ángelus en la iglesia de Blangy, y los tañidos de la campana se mezclaban con el extraño concierto de los bosques, dándole armonía al silencio. Aquí y allá, aparecían vapores ascendentes, blancos y diáfanos. Al ver todas sus bellezas, Olimpia había tenido el capricho de acompañar a su marido, quien debía ir a dar una orden a uno de los guardas cuya residencia no estaba lejos; el médico de Soulanges le había recomendado pasear sin fatigarse; temía al calor del mediodía, y no quería estar fuera de casa por la tarde. Michaud acompañó a su esposa y les siguió su perro favorito, un hermoso lebrel gris con manchas blancas, glotón como todos los lebreles y con todos los defectos del animal que se sabe querido y le gusta que le quieran.