Los campesinos

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—¡Príncipe! ¡Príncipe! —gritó también el guarda.

Silbó y volvió a silbar, pero el lebrel no apareció.

Emilio se refirió a los extraños ruidos que originaron la aventura.

—Mi mujer también ha oído ese ruido —dijo Michaud—, y yo me he burlado de ella.

—¡Han matado a Príncipe! —exclamó la condesa—. Ahora estoy segura, y lo han matado cortándole el cuello de un solo golpe, pues lo que yo he oído ha sido el último gemido de un animal al expirar.

—¡Diablo! —exclamó Michaud—. Eso ya vale la pena de que se aclare.

Emilio y el guarda dejaron a las dos mujeres con José y los caballos y regresaron al bosquecillo de la antigua carbonera. Descendieron hasta el estanque, registraron la espesura y no hallaron ningún indicio. Blondet fue el primero en volver a subir; entre un grupo de árboles vio uno de los que tenían el ramaje completametne seco; se lo indicó a Michaud y quiso verlo de cerca. Los dos fueron en línea recta a través del bosque, evitando los troncos y dando la vuelta a los matorrales de ortigas, impenetrables, hasta que llegaron al árbol.

—Es un hermoso olmo —dijo Michaud—. Pero está atacado por un gusano que roe la corteza del tocón.

Y se agachó, cogió la corteza y la arrancó.


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