Los campesinos
Los campesinos —Vea usted qué trabajo.
—Habrá muchos gusanos en su bosque —dijo Blondet.
En ese momento Michaud vio a pocos pasos una mancha roja, y más lejos vio la cabeza de su lebrel. Rugió:
—¡Canallas…! La señora tenÃa razón.
Blondet y Michaud se acercaron al cuerpo del pobre perro, y vieron, como habÃa supuesto la condesa, que le habÃan cortado el cuello a PrÃncipe, y para que no ladrase, le engañaron con un terrón de azúcar que aún tenÃa entre la lengua y el paladar.
—¡Pobre animal…! Ha muerto por su pecado.
—Exactamente como un prÃncipe —replicó Blondet.
—Por aquà debÃa de haber alguien que se ha escurrido para que no lo sorprendiésemos —dijo Michaud—, y, consecuentemente, debÃa hacer algún delito, pero no veo ramas ni árboles cortados.
Blondet y el guarda removieron la maleza con precaución, mirando donde ponÃan el pie antes de pisar. A los pocos pasos, Blondet señaló un árbol cuya hierba más próxima se habÃa removido, aplastado, y al lado dos hoyos.
—Alguien ha estado arrodillado aquÃ, y habrá sido una mujer, pues las piernas de un hombre no habrÃan dejado, desde las rodillas, tanta hierba aplastada; vea aquà el ruedo de unas rayas…