Los campesinos
Los campesinos —Pues bien, todos los árboles muertos han sido asesinados por esos campesinos a quienes usted cree haber ganado con sus generosidades.
Y Blondet le explicó la aventura de la mañana.
El general se puso tan lívido que asustó a Blondet.
—Jure, reniegue, desahóguese. Contenerse puede ser aún más perjudicial que la cólera.
—Necesito fumar —murmuró el conde dirigiéndose al quiosco.
Durante el almuerzo regresó Michaud; no pudo encontrar a nadie. Sibilet, a quien el conde había hecho llamar, también se presentó.
—Señor Sibilet, y usted, señor Michaud, hagan saber con prudencia por toda la región que daré mil francos a quien me haga coger en flagrante delito a los que están matando mis árboles. Hay que enterarse de la herramienta que emplean y dónde la compran. Tengo mi plan.
—Estas gentes —respondió Sibilet— no se venden jamás cuando se trata de delitos cometidos en provecho propio y premeditados, pues no se puede negar que esta diabólica combinación ha sido pensada, meditada…
—Sí, pero mil francos, para ellos, representan dos arapendes de tierra.