Los campesinos
Los campesinos —Tal vez sÃ… Es igual; mi madre no irá a la cárcel… ¡Pobre vieja! Ella es la que me cuece el pan, me proporciona vestido, y no sé cómo se las arregla para conseguirlo… ¡Ir a la cárcel, y por mi culpa! No tendrÃa corazón ni entrañas. No, no. Y por miedo a que la delaten, esta misma noche voy a decirle que no vuelva a matar árboles.
—Pues mi padre hará lo que quiera; yo le diré que hay quinientos francos a ganar, y le pedirá a mi abuela si ella quiere ir. No meterán en la cárcel a una mujer de setenta años, aunque por otra parte, estarÃa mejor en la cárcel que en el granero…
—¡Quinientos francos…! Le hablaré a mi madre —dijo Bonnébault—. Si pudiera convencerla para conseguirlos, ya le dejarÃa lo que necesitase para vivir en la prisión; allà podrÃa hilar, se entretendrÃa, estarÃa bien alimentada y bien abrigada. TendrÃa muchas menos preocupaciones que en Conches. Hasta mañana, pequeña… No tengo tiempo de hablar contigo.
Al dÃa siguiente, a las cinco de la madrugada, a poco de amanecer, Bonnébault y su madre llamaban a la puerta den Grand-I-vert, donde sólo la vieja Tonsard se habÃa levantado.
—¡MarÃa —gritó Bonnébault—, la cosa está hecha!