Los campesinos
Los campesinos En el momento en que esta historia empieza, Tonsard, que tenía unos cincuenta años, hombre alto y fuerte, más lleno que delgado, de cabello encrespado y negro, la cara violentamente coloreada, jaspeada como un azulejo de tonos violáceos, de constitución musculosa pero recubierta de una carne fofa y engañadora, la frente hundida y el labio inferior colgante, escondía su verdadero carácter bajo la capa de una estupidez entremezclada de relámpagos de una experiencia que se parecía mucho a la inteligencia, cuanto que la había adquirido frecuentando la compañía de su suegro, así como el lenguaje de éste, calificado de estropajoso, según el diccionario de Vermichel y Fourchon. Su nariz, achatada en su punta como si hubiera sido señalada por el dedo celestial, hacía que su voz pareciera salida del paladar, como la de todos aquéllos a quienes una enfermedad la ha desfigurado, haciendo más estrecha la comunicación entre las fosas nasales, de forma que el aire pase más difícilmente. Sus dientes superiores, superpuestos uno a otro, dejaban ver claramente este defecto, terrible en opinión de Lavater, especialmente porque tenían la blancura de los de un perro. Bajo la falsa campechanía del gandul y borrachín del pueblo, aquel hombre hubiera causado terror a las personas menos perspicaces.