Tratado de la vida elegante

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Hoy en día, los nobles de 1804 o del año MCXX ya no representan nada. La Revolución no era más que una cruzada contra los privilegios y, desde luego, su misión no ha sido en vano: porque, si la Cámara de los Pares, último vestigio de las prerrogativas hereditarias, se vuelve una oligarquía territorial, nunca será una aristocracia erizada de derechos hostiles. Sin embargo, pese a la mejora aparente introducida en el orden social gracias al movimiento de 1789, el abuso forzoso que constituye la desigualdad de las fortunas se ha regenerado adoptando nuevas formas. ¿No tenemos, a cambio de una feudalidad risible y decrépita, la triple aristocracia del dinero, el poder y el talento, que, por muy legítima que sea, no deja de arrojar sobre la masa un peso inmenso al imponerle el patriciado de la banca, el ministerialismo y la balística de los periódicos y la tribuna, escalones de las personas de talento? Asimismo, con el retorno a la monarquía constitucional, al tiempo que consagraba una engañosa igualdad política, Francia siempre se ha limitado a generalizar el mal: porque somos una democracia de ricos. Confesémoslo, la gran lucha del siglo XVIII era un combate singular entre el Estado llano y las órdenes. El pueblo no fue más que el auxiliar de los más hábiles. Asimismo, en octubre de 1830, siguen existiendo dos especies de hombres: los ricos y los pobres, los que van en coche y los que van a pie, los que han pagado el derecho a ser ociosos y los que tratan de adquirirlo. La sociedad se expresa en dos términos, pero la proposición sigue siendo la misma.


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