Tratado de la vida elegante

Tratado de la vida elegante

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De la misma manera, en la vida elegante, una sola silla debe determinar toda una serie de muebles, al igual que la espuela hace suponer un caballo. Tal indumentaria anuncia tal esfera de nobleza o buen gusto. Cada fortuna tiene su base y su cima. Jamás los Georges Cuvier de la elegancia se exponen a emitir juicios erróneos: les dirán a ustedes a que cantidad de ceros, en la cifra de las rentas, deben pertenecer las galerías de cuadros, los caballos de raza pura, las alfombras de Savonnerie, las cortinas de seda diáfana, las chimeneas de mosaico, los jarrones etruscos y los relojes de pared coronados con una estatua escapada del cincel de los Cortot o los David. En suma, llévenles sólo un colgador: de él deducirán todo un saloncito, una alcoba, un palacio.

Este conjunto rigurosamente exigido por la unidad vuelve solidarios a todos los accesorios de la existencia; porque un hombre con gusto juzga, como un artista, basándose en una nimiedad. Cuanto más perfecto es el conjunto, más sensible resulta en él un barbarismo. Sólo un tonto o un hombre de genio pueden poner una vela en una palmatoria. Las aplicaciones de esta gran ley moderna fueron muy bien comprendidas por la mujer célebre (la señora T.) a la que debemos este aforismo:

XXII

Se conoce el espíritu de una ama de casa al franquear el umbral de su puerta.


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