Tratado de la vida elegante

Tratado de la vida elegante

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Esta vasta y perpetua imagen que representa[7] tu fortuna nunca debe ser su muestra infiel porque te verías colocado entre dos escollos: la avaricia o la impotencia. Ahora bien, si pecas tanto de vanidad como de modestia, ya no obedeces a la unidad cuya menor consecuencia es llevar un afortunado equilibrio entre tus fuerzas productoras y tu forma exterior.

Una falta tan capital deduce toda una fisionomía.

El primer término de esta proposición, la avaricia, ya ha sido juzgado; pero sin poder ser acusados de un vicio vergonzoso, muchos, ávidos de obtener dos resultados, procuran llevar una vida elegante con economía. Estos alcanzan seguramente un objetivo: son ridículos. ¿No parecen, en todo momento, tramoyistas poco hábiles cuyos decorados dejan ver los muelles, los contrapesos y los bastidores? Dejan así de cumplir los dos axiomas fundamentales de la ciencia:

XXIII

El efecto más esencial de la elegancia es esconder los medios.

XXIV

Todo lo que revela un ahorro es poco elegante.

En efecto, el ahorro es un medio. Es el nervio de una buena administración, pero se parece al aceite que da soltura y suavidad a las ruedas de una máquina: no hay que verlo ni sentirlo.


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