Tratado de la vida elegante
Tratado de la vida elegante Estos inconvenientes no son los únicos castigos por los que los parsimoniosos reciben. Al restringir el desarrollo de su existencia, descienden de su esfera y pese a su poder, se ponen al nivel de aquellos a quien la vanidad precipita hacia el escollo opuesto. ¿Quién no se estremecería ante tan espantosa fraternidad?
¿Cuántas veces no han encontrado ustedes, en la ciudad o en el campo, a burgueses medio aristocráticos que, emperifollados en exceso, se ven obligados, por carecer de carruaje, a calcular las visitas, los placeres y los deberes según Matthieu Laensberg? Esclavos de su sombrero, la señora tiene pavor a la lluvia y el señor teme el sol o el polvo. Sensibles como un barómetro, adivinan el tiempo, lo dejan todo y desaparecen según el aspecto de una nube. Mojados y enfangados, se acusan uno al otro, en casa, de sus miserias; fastidiados en todas partes, no disfrutan de nada.
Esta doctrina ha sido resumida por un aforismo aplicable a todas las existencias, desde la de la mujer obligada a arremangarse el vestido para sentarse en un coche hasta el principito de Alemania que quiere tener actores bufos:
De la consonancia entre la vida exterior y la fortuna resulta la holgura.