Tratado de la vida elegante
Tratado de la vida elegante Un hombre nuevo se produce, sus carruajes son de buen gusto; recibe de maravilla, sus criados no son groseros; da excelentes cenas; está al corriente de la moda, la política, las palabras nuevas, los usos efímeros; incluso crea algunos; finalmente, en su casa, todo tiene un carácter de confortabilismo exacto. Es, en cierto modo, el metodista de la elegancia y avanza a la altura del siglo. Ni gracioso ni desagradable, uno nunca citará de él una palabra inconveniente y no se le escapa ningún gesto desatinado… No terminemos este cuadro; este hombre tiene la gracia suficiente.
¿Acaso no conocemos todos un amable egoísta que posee el secreto de hablarnos de sí mismo sin fastidiarnos demasiado? En él, todo es gracioso, fresco, rebuscado, incluso poético. Despierta envidia. Aunque te asocia a sus placeres, a su lujo, parece temer tu carencia de fortuna. Su complacencia, todo en discursos, es una cortesía perfeccionada. Para él, la amistad no es más que un tema cuya riqueza conoce admirablemente bien y cuyas modulaciones mide al diapasón de cada persona.