Tratado de la vida elegante

Tratado de la vida elegante

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Pero es una persona cuya armoniosa voz imprime en el discurso un encanto igualmente extendido en sus maneras. Tanto sabe hablar como callar, se ocupa de uno con delicadeza, sólo toca temas de conversación convenientes; elige las palabras con tino; tiene un lenguaje puro, una sorna que acaricia y una crítica que no hiere. Lejos de contradecir, con la ignorante seguridad de los tontos, parece buscar, en compañía de uno, el buen juicio y la verdad. No diserta como tampoco disputa; se place en conducir una discusión que zanja en el momento adecuado. De humor igual, su aire es afable y risueño. Su cortesía no tiene nada de forzado, su solicitud no es nada servil; reduce el respeto hasta que no es más que una sombra; nunca cansa y le deja a uno satisfecho de él y de sí mismo. Atraído en su esfera por un poder inexplicable, uno encuentra las cosas que le rodean impregnadas de su espíritu lleno de gracia; todo resulta un deleite para la vista y uno respira allí como el aire de una patria. En la intimidad, esta persona seduce gracias a un tono ingenuo. Es natural. Esfuerzos, lujo, ostentación, nunca; simplemente afloran sus sentimientos porque son verdaderos. Es franca, sin ofender ningún amor propio. Acepta a los hombres como Dios los ha hecho, perdonando los defectos y los despropósitos ridículos; concibe todas las edades y no se irrita por nada porque tiene el tacto de preverlo todo. Antes de consolar, complace, es cariñosa y alegre: además uno la querrá irresistiblemente. Se la tipificará y se le rendirá un culto.


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