Tratado de la vida elegante
Tratado de la vida elegante Un labriego, un albañil o un soldado son los fragmentos uniformes de una misma masa, los segmentos de un mismo círculo, el mismo utensilio con distinto mango. Se acuestan y se levantan con el sol; para unos, el canto del gallo; para el otro, el toque de diana; para éste, un calzón de piel, dos alnas de tela azul y botas; para aquéllos, los primeros harapos que encuentran; para todos, los alimentos más bastos: batir el yeso o batir a hombres, cosechar alubias o sablazos, tal es, en cada estación, el texto de sus esfuerzos. El trabajo parece ser para ellos un enigma cuya clave buscan hasta su último día. Con bastante frecuencia, el triste pensum de su vida se ve recompensado por la adquisición de un pequeño banco de madera donde se sientan, en la puerta de una casucha, bajo un saúco polvoriento, sin temer oírse decir por un lacayo:
—¡Váyase, paisano! Sólo damos a los pobres los lunes.
Para todos estos desgraciados, la vida se reduce a pan en la artesa, y la elegancia a un arcón donde hay andrajos.
El pequeño detallista, el subteniente, el ayudante de redacción, son los tipos menos degradados de la vida ocupada; pero su existencia sigue marcada con el sello de la vulgaridad. Sigue siendo trabajo y sigue siendo el torno, sólo que su mecanismo es un poco más complicado y la inteligencia se engrana en él con parsimonia.
