Amor profano
Amor profano —Mamá, ¿alguna vez crees que podremos volver a Inglaterra? —preguntó mientras pelaba una castaña caliente.
Su madre levantó la mirada del bordado que tenÃa entre las manos, sus ojos grises reflejaban la luz del fuego.
—¿Por qué querrÃas regresar? —respondió con una sonrisa triste—. Aquà estamos a salvo.
La palabra "a salvo" dejó un regusto amargo en la boca de Ivona. No era exactamente cierto. Lo que tenÃan era un refugio, pero la seguridad era algo más frágil. Se lo habÃa dicho al Conde de Gambois más de una vez:
—Mi padre no nos dejará en paz para siempre.
El conde, un hombre de rostro severo pero con un corazón amable, siempre respondÃa lo mismo:
—Mientras yo esté aquÃ, nadie te tocará.
Pero esa promesa se romperÃa demasiado pronto.
Todo cambió en una sola noche.
La nieve caÃa densa cuando los sirvientes trajeron los cuerpos al castillo. Ivona estaba sentada junto al fuego, esperando a su madre y al conde, cuando escuchó el grito de un sirviente. Se levantó de un salto y corrió hacia la puerta principal.
La carreta entró lentamente en el patio, las ruedas crujÃan contra la nieve endurecida. Dos cuerpos envueltos en mantas. Su madre. El conde.
