Aviraneta o la vida de un conspirador
Aviraneta o la vida de un conspirador —Si yo tuviera un poco de poder, antes de cinco minutos estaría usted fusilado.
Don Jerónimo Merino hizo de tripas corazón y se calló al verse cogido en el lazo.
Aparejaron un carricoche.
—Don Jerónimo, a montar —dijo Aviraneta al cura.
El cura Merino, bramando de coraje, salió del cuarto, bajó la escalera, cruzó el zaguán de la posada y subió al vehículo.
La escolta, mandada por un sargento, rodeó al coche, que tomó el camino de Lerma.
Merino fue puesto en libertad por las autoridades superiores.
Durante el invierno, Aviraneta siguió su vida habitual, trabajando mucho en sus tres cargos en Aranda.
El cura Merino volvió poco después a salir al campo con sus realistas.
El jefe político de Burgos, don Joaquín Escario, conferenció un día con Aviraneta para comenzar la nueva campaña que había que emprender contra el cura Merino. Las fuerzas dispuestas eran ya considerables: dos batallones de infantería y dos escuadrones de caballería. El jefe político no podía entregar el mando a Aviraneta; así que tendría que ir como delegado del Gobierno con los comandantes Osorio y Suero.