Aviraneta o la vida de un conspirador

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Comenzó la cena, y los invitados hablaron de diversas cosas. Aviraneta pensó que perdía el tiempo en su escondrijo y que no se iba a hablar de la intervención; pero a los postres el ayudante de Tirlet preguntó:

—¿Y al fin, entramos o no entramos en España?

—Sí —dijo el marqués—; está decidido.

—Mañana, a las diez, se firma el tratado con mi tío —añadió Víctor Ouvrard—. Su Alteza Real el príncipe generalísimo pondrá él mismo el sello en el contrato.

Tras de este intermedio político, los comensales volvieron a su conversación de París, y a las cuatro de la mañana abandonaban el comedor.

Estaba clareando. Don Eugenio fue corriendo a casa de Beúnza. Bajó su hijo Pedro; sacaron entre los dos el cochecillo aparejado. Con Beúnza y un joven de Ustáriz montó en el coche y salió inmediatamente camino de la frontera.

Al llegar a Hendaya se encontraron con que estaban allí acantonadas fuerzas de artillería, infantería y caballería francesa, preparándose para pasar la frontera.

Aviraneta se sentó a la puerta de un caserío, escribió un oficio al ministro y otro al gobernador de San Sebastián.

Poco después el correo salía al galope.


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