Aviraneta o la vida de un conspirador

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Los catalanes estaban atónitos.

Al cabo de algún tiempo, el Empecinado, levantando su vaso, exclamó:

Catalans, per la salut del nostre rei i per la felicitat d’Espanya!

Entonces, el sargento que mandaba el grupo de realistas llenó su vaso y respondió en castellano:

—Por la salud del que desde hoy en adelante será nuestro general. ¡Viva el Empecinado!

—¡Viva! —gritaron los demás.

Se dieron la mano todos en señal de fraternidad, y se acordó que los catalanes se incorporasen a las fuerzas de don Juan Martín. Su asombro fue grande cuando vieron que únicamente habían entrado en la casa seis hombres y que en la calle no había ni retén ni guardia alguna.

El Empecinado volvió a Valladolid.

Con la marcha de las tropas del conde de Cartagena, quedó Valladolid completamente desguarnecido y abandonado a su suerte.

Era necesario abandonar el pueblo, no se podía defender una ciudad de radio tan extenso con la poca fuerza con que contaban los constitucionalistas.

Los concejales estaban reunidos en sesión permanente en las Casas Consistoriales, y el Empecinado quiso despedirse de ellos.


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