Aviraneta o la vida de un conspirador

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Se apearon y ataron los caballos, cogieron los soldados sus carabinas y echaron a andar. No se veía un alma por aquellos andurriales; la lluvia caía mansamente; se oía el silbido del viento y el ladrido lejano de algún perro.

Llegaron a la casa iluminada. La puerta estaba cerrada. El Empecinado tocó con suavidad el llamador, y esperó.

Bajó una vieja haraposa con un candil encendido, y abrió la puerta.

—¿Quiénes están? —preguntó el general.

—Hay treinta catalanes que han venido con el general Bessieres, y que están cenando.

El Empecinado cogió el candil de la mano de la vieja, que temblaba de miedo, y comenzó a subir la escalera, alumbrándose con él. Al llegar a la puerta de la cocina, grande y negra, iluminada por un velón y por las llamas del hogar, vieron a treinta hombres que estaban alrededor de una mesa.

El Empecinado se desembozó, mostrando su uniforme, y dijo en catalán:

Aquí tenim al general Empecinado, que ve a sopar amb vosaltres. Tots som espanyols; y vosotros —añadió en castellano, dirigiéndose a Aviraneta y a los soldados—, sentaos. Estamos entre amigos.

El Empecinado se sentó; llenó una escudilla de arroz, y se hizo servir por la moza un vaso de vino.


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